Aprender a coste de riñón

Todos los días la misma canción. Parece que cuando el mundo formativo vuelve a ti con los brazos abiertos, en lugar de asirte con firmeza y guiarte por el laberinto del intelecto te asfixia con cuotas imposibles y con financiaciones aún menos realistas, eso sí con todo lujo de detalles sobre las formas de pago.

Te calientan la oreja con las facilidades que encontrarás a la hora de lograr ejercer tu profesión e incluso te comentan lo enriquecedor qué es poder trabajar en el extranjero gracias a sus métodos, pero lo que olvidan es que apenas llegas a fin de mes si se te ha ido la mano y has cenado fuera de casa tan sólo un par de días o te has comprado un jersey de más. Las realidades no son las mismas según qué perspectivas y, esto, que parece un obviedad, no lo es cuando tratas cara a cara con la voracidad de quienes atisban la desesperanza del que quiere completar un currículo más que válido, a pesar de los resultados profesionales obtenidos.

El aprender no ocupa lugar, pero al parecer exige una aportación económica más que sustancial. Se aprovechan, como cualquier empresa de las necesidades del consumidor. A mayor necesidad, más demanda y cuánta más demanda más puedo encarecer mis servicios, ya que los desesperados de la “Generación perdida” ansían un clavo al que agarrarse, aunque en ello le vaya la vida o el sueldo de tres meses.

Tranquilos, es la furia pasajera de una periodista en pro del aprendizaje de calidad, pero no a costa de…, ¿un riñón?

Deberían facilitar las cosas, qué bastante crudas las tenemos aquellos que ejerceremos la profesión, si esto no termina en un cataclismo total, cuando se nos haya olvidado incluso la carrera que elegimos cinco lustros atrás.

De momento, seguiré reconvirtiéndome en lo que las empresas que a día de hoy siguen contratando profesionales de la comunicación quieren tener.

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¿En qué pensaba Carrie?

Tras años de incondicional devoción a la serie de las divas por excelencia, es decir, Sexo en Nueva York, hoy me he percatado de lo que en realidad, sus guionistas querían transmitirle al género femenino.

Mi idolatrada Carrie Bradshaw, la protagonista de la trama, escritora de profesión y amante de la moda y de cualquier zapato que valga al menos trescientos dólares cuenta con un bagaje sentimental de lo más variopinto. Un camarero en su adolescencia, un veinteañero aficionado a los cómics y la marihuana, un escritor con menos fortuna que la rubia más fina de la gran manzana, e incluso creyó haberse enamorado de un afamado artista ruso por el que abandonó su adorado NY, pero sin duda, el más dulce, amable y completo de todos los hombres que pasaron por sus sábanas fue Aidan. 

Generoso, detallista, cariñoso, atractivo, deportista y con un gran corazón. ¡Por Dios, si incluso tenía un perro la mar de majo!

Pues bien, para aquellos que no conozcáis la historia de las cuatro amigas neoyorquinas con más enganche, Carrie no acaba con Aidan, felices y con perdices a tutiplén. Por extraño que parezca y a pesar de todas las cualidades que el “mozalbete” demuestra día tras día. En su lugar, y como todos los pronósticos apuntaban, al pobre Aidan le engaña en repetidas ocasiones con el magnate, misterioso, indeciso y bala perdida de Big, ¿el amor de su vida? no, más bien el único que ha ido y venido a lo largo de diez años con más pena que gloria, pero con muchas ganas de tocar los ovarios de la inestable Carrie.

Bien es cierto que el amor no se elige, pero ¿son los guionistas los que nos arrastran irremediablemente a pensar que lo lógico es enamorarnos de aquellos que menos nos convienen o somos nosotras mismas? ¿En qué pensaba Carrie?

La eterna pregunta aún no ha tenido una respuesta satisfactoria, al menos para la inmensa mayoría. ¿Es la seguridad lo que nos atormenta? ¿Vemos el sufrimiento como algo inherente a lo que debe ser el amor?

Aidan perdonó a Carrie, pero pasados los meses fue ella de nuevo quien abandonó al carpintero de muebles con más estilo de la ciudad por el siempre arrogante y sarcástico Big, para que finalmente la abandonase en el altar el día de su boda.

Tal vez no se trate de encontrar el amor, si no a alguien que encaje con nuestras indecisiones, incorrecciones y señas de debilidad. De este modo, ¿No nos volveremos más perfectos sumergidos en la más completa imperfección que al contrario? Al fin y al cabo, ¿no es el tuerto el rey en el país de los ciegos?

Yo, desde luego, me hubiera quedado con Aidan, su adorable mascota y el aroma de sus muebles, ¿ o no?

 

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Al rayar los 30

Cuando uno de los grandes placeres de la vida ha pasado a ser pasear por un supermercado y parar en todas y cada una de las secciones como si aquello fuera Disneyland, algo ha cambiado dentro de ti.

Puede que algún cable ande suelto o que el engranaje mental chirrie por causas ajenas a tu persona, pero sin duda, las cosas ya no son lo que eran y ni siquiera te han avisado.

Es cierto que el tema de los supermercados trae cola, al menos desde hace un par de años, pero, si he de ser sincera, el tema de los niños me ha pillado desprevenida, me parecía algo por defecto, inestabilidad y pura lógica, mucho más lejano.

Pero, a pesar de todas estas sensaciones, sabes que cuentas con un pasado, seguro que menos acogedor y sensato que el presente que estás disfrutando, pero con algo más de salero, aunque con los mismos atracones aleatorios. Esos días en los que tu estómago no tiene freno, pero lo peor de todo es que tu no cuentas con el control necesario para obligarlo a parar.

Si al rayar los 30, en concreto a poco más de un mes del cambio de década, aún quieres saborear los manjares que la vida puede ofrecerte, y no sólo a nivel culinario, ¿Has perdido el juicio o se te ha pasado el arroz?

Tal vez sea el orden establecido lo que más convenga a mi equilibrio emocional, pero, ¿Hasta qué punto el ser ordenados genera la plena felicidad?

Puede que así sea y al llegar a cierta madurez, las endorfinas las proporcione aquello que nos incita al sosiego, el equilibrio y la estabilidad, tanto profesional como sentimental.

Todas tus posibilidades de ser transgresor, agresivo, puramente incorrecto y apasionado con aquello que haces, ¿se pierden al pasar la barrera de los 28?

Siempre fuí apasionada con todo aquello en lo que me embarcaba, me enbaucaban o me zambullía por terceros sin remedio y salvación, por lo que la compra será una parte más de este incontrolable torbellino de sensaciones (espero que hayais percibido la ironía de mis palabras)

¿Cuál será mi próximo descubrimiento?

Se aceptan apuestas

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Nunca quise ser astronauta

Tal vez sea mejor así, y que la presión del poco tiempo del que dispongo en este preciso instante, avive mis impávidas y ranqueantes manos hacia la furia acompasada del teclado.

He llegado a la conclusión de que los catalogados como mediocres, de pequeños, nunca quieren ser grandres cosas cuando ese chollo que es vivir en la ignorancia toque a su fin de un sonoro portazo. Al menos en mi caso no fue así. Siempre nos da por empleos mucho más “terrenales”, es decir, las conocidas como profesiones románticas, peliculeras, y todo lo que se os pueda ocurrir, pero sobre todo, todas aquellas en las que no se gana ni un duro y siempre tienes que reconvertirte. Valga como ejemplo, arqueóloga o periodista, que es lo que yo siempre soñaba ser.

Esta palabra moderna de “reconvertirse” viene a significar, por si alguno aún no lo sabe, tragarse la vocación y sobrevivir con aquel empleo por el que te paguen y en el que quede al menos un atisbo de la dirección que seguía tu carrera profesional, además de renovarse a la vez que los cambios que fluyen en la sociedad. Vamos, lo que estamos haciendo la gran mayoría de los ex universitarios de este país.

Tal vez si nos hubiera dado por ser astronautas las cosas hubieran cambiado. Lástima que nunca me inclinara por esa elección y decidiera, desde mi más tierna infancia, inclinar mi balanza educativa hacia carreras más útiles, necesarias, consolidadas y valoradas (risas mil).

De hecho, como parte de este trabajo de campo que me he propuesto, me encanta preguntarle a mis sobrinos lo que quieren ser de mayores, te deja bastante claro que cuando aún no eres consciente de la que se te viene encima, no tienes ni puta idea de nada en general. Pero son los más listos.

Es decir, si tú de pequeño eliges profesiones de la talla de astronauta, político, bombero, policia, médico, jubilado, y demás atropellos laborales que todos hemos oído alguna que otra vez en la típica reunión familiar, es que sabes que te puede ir de coña durante el resto de tu adulta existencia. Tú tienes claro que son profesiones de la leche y que las personas que desempeñan cualquiera de ellas cuentan con una cómoda posición económica.

Sí, de pqueños todos lo tenemos claro. Lo malo del asunto es que las cosas han cambiado. Los niños actuales, los que están creciendo rodeados de extraños silogismos para lograr denominar a la temida “crisis”, ya no piensan en ser astronautas, ya que sólo unos pocos lograrán su sueño. Ya no quieren ser médicos, dentro de unos 30 años seguirán ejerciendo aquellos que hoy esperan su hueco en cualquier hospital, seguramente privado. No piden ser arqueólogos, una profesión que sólo podrías llegar a ejercer con mucho dinero, muchos favores y pocas garantías de expansión y futuro. No es muy común que intenten llegar a ser policías, y está claro por qué, los malos hacen el mal a diario y roban por doquier y seguimos mostrándole respeto e incluso escuchando en discursos diarios, por lo que los niños pueden pensar que ni siquiera la figura del “madero” sea necesaria en un país tan ordenado como el que habitamos.

Pero tranquilos amigos, todo esto no es más que el sarcasmo correspondiente a este jueves. Estoy a favor de que los niños luchen por sus sueños, con indiferencia de la sociedad que en esos momentos lleve la batuta, y sobre todo, de que los que no son tan niños mantengan parte de esa inocencia que un día, de buenas a primeras, alguien te arrebata sin ni siquiera avisarte de nada.

Ojalá hubiera elegido ser astronauta, haber nacido en Rusia y contar con una mente privilegiada y una fortuna que avalara mis ganas de surcar el espacio. Por desgracia, ninguna de esas cosas puede elegirse. Bueno, al menos los mediocres hacemos aquello que nos gusta aunque no nos paguen por ello. Por cierto, de momento, sólo uno de mis siete sobrinos ha querido ser “plumilla”. Por fortuna para él, finalmente eligió una carrera más socorrida y menos denostada (de nuevo, risas mil), como es la de maestro.

¡Qué vereremos!

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CRUZAR EL CHARCO

Es increíble cómo puede cambiar nuestro modo de apreciar la realidad, la familia, los vínculos humanos, y en definitiva la vida, cuando sabes que es posible que “cruces el charco” para quedarte antes de lo que canta un gallo.

Y no, no te vas porque seas aventurero, porque quieras experimentar nuevas sensaciones, conocer otras culturas, vivir en la cara opuesta del mundo, todo eso viene por añadidura cuando la idea toma forma en tu cabeza. Pero el motivo real es que una panda de incompetentes y avaros políticos no saben salir del desaguisado que tienen montado, o mejor dicho, no les interesa. Es mucho mejor que aquellos jóvenes formados y con aptitudes, pero sobre todo con actitud se vayan, en este caso, a hacer las américas.

Y no me refiero, ni por asomo, a que sea una mala oportunidad, si no a que la formación se tiene por algo, es decir, encontrar un buen empleo, con una remuneración acorde a las responsabilidades a ejecutar y, a ser posible, sin estar a 9.000 kilómetros del lugar que te vio nacer, cuál Juanito Valderrama hace más de 70 años en aquella mítica, y hasta ahora, indiferente canción.

Lo cierto, a pesar de las apariencias, es que a medida que la idea se asienta en tu cabeza, las ganas de emprender una vida lejos de la palabra crisis y con un sinfín de oportunidades por descubrir, la nostalgia disminuye y la actitud cambia de hemisferio, lo que se traduce en que otro menor de 35 años abandona España, siempre se recurre al temporalmente, para obtener un presente mejor, porque estamos como para hablar de futuro…

Con toda esta palabrería terapéutica no quiero que se me malinterprete, me considero, dentro de lo que ello conlleva, una afortunada por contar con la oportunidad de ejercer mi profesión, si es que se da el caso, a pesar de que sea en un país al que nunca pensé viajar por placer. Si bien es cierto, siempre tiene más mérito que la opción de ser aventurero sea eso, una opción.

A los jóvenes que no quieren pasarse la vida en un empleo que no les aporte la más mínima satisfacción se les abre ahora un mundo paralelo, lejano, pero al menos posible en este sin Dios que nos ha tocado vivir, con la esperanza de, al menos, salir en “Españoles por el mundo”, que mira que hay.

Por su parte, los ricos son cada vez más ricos y apilan sus victorias, en forma de billete, como si no hubiera nada mejor que hacer, mientras la casa sigue sin barrer, o mejor aún, llena de escombros de los que hay que deshacerse, ya que en este país cada vez gusta menos que la gente piense por sí misma. Menos mal que cada día, decenas de vuelo “cruzan el charco” para salvar a los “españolitos” que aún tienen esperanza, aunque sea a siete horas de diferencia.

Desde hace poco más de una semana he decidido liarme la manta a la cabeza y aprender a ser aventurera como la que más, valiente como el que menos corre y tan resolutiva como para afrontar el que pueda ser uno de los grandes retos de mi vida, tanto a nivel personal como profesional. Está claro que no hay nada más acuciante que la inmediatez que requiere la subsistencia, por lo que a subsistir se ha dicho, y a cruzar el inmenso océano en busca, no de la leyenda de El Dorado, si no de la estabilidad que unos pocos le robaron a la mayoría. 

 

 

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“ROSTROS SIN FIRMA”

Hoy me gustaría, simplemente, aportar este gran artículo publicado por

Sin duda necesario, ya que, en la mayoría de los casos por deformación profesional, nos olvidamos de nuestras propias historias con tal de transmitir una malograda información.

¡Ánimo compañeros!

http://www.jotdown.es/2013/09/rostros-sin-firma/

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¿Puede un odontólogo operarte una rodilla?

A estas alturas de la película, pocos serán los que desconocen la historia real de este país, la precaria situación de muchos profesionales, tanto por la dificultad de realizarlo a duras penas, como por el sobreesfuerzo de hacerse valorar en una sociedad que sólo valora lo negativo.

Sin embargo, a pesar de este hartazgo a malas noticias, a diario volvemos a encontrarnos con obstáculos que impiden que avancemos en nuestros objetivos profesionales, sea del modo que sea.

La arquitectura, como tantos campos de la construcción, tampoco pasa por su mejor momento, cuando ahora es el Estado quien determina que las titulaciones deben agruparse, ¿ein?, que alguien me lo explique.

Resulta que, según el Anteproyecto de Ley de Servicios Profesionales, los ingenieros podrían proyectar y dirigir las obras, y por tanto, igualmente, construir edificios, a pesar de que, según la LOE (Ley Ordenación de la Edificación), esto es algo que precisa la formación y capacidad adquiridas en la profesión de arquitecto, como era de esperar.

Todo ello, según han manifestado hoy en Valladolid decenas de profesionales del sector, con Gregorio Alarcia Estévez, Decano del Colegio Oficial de Aquitectos de Castilla y León Este, a la cabeza del encuentro, supone una “dejación por parte del Estado, en su obligación de garantizar los derechos de los ciudadanos”. Con los cascos como seña de identidad y reivindicando lo que les pertenece, que no es más que el conocimiento que se han labrado, han unido fuerzas para luchar por lo que es justo, su valía como arquitectos.

Debemos aunar esfuerzos, necesitamos sentirnos alerta y mirar hacia adelante con positividad, pero sin dejar que nos coman la merienda, por que si no, ¿Qué más nos queda por perder? El ejercicio de la Arquitectura ha integrado en nuestro país, las competencias formativas técnicas, artísticas y humanísticas necesarias para el desarrollo de proyectos y obras que permiten conformar espacios confortables, sólidos y seguros, así como incorporar valores estéticos, medioambientales y urbanos, que no es poco.

Basta de olvidar nuestros derechos como profesionales, basta de consentir que todo valga cuando se trata de la vida de los demás. Los políticos deben mirar por el bien común, o al menos esa era la idea, entonces, ¿por qué arriesgarnos a que personas sin conocimiento en la materia dirigan una edificación?

Puede que el intrusismo profesional esté a la orden del día, y como periodista, desgraciadamente lo sufro en mis propias carnes, pero siempre que alguien esté dispuesto a alzar la voz por su causa, justa, implacable, con argumentos, válida para todos aquellos que la respaldan y necesaria para los ciudadanos, valdrá la pena contarlo.

Al menos, por el momento, el anteproyecto está paralizado. Esperemos que siga así y que a los profesionales nos permitan seguir ejerciendo aquello que mejor sabemos hacer. Yo desdeluego, no pienso que cualquiera pueda dedicarse de manera eficiente a la comunicación, ni pienso que un odontólogo pudiera operarme la rodilla, al igual que jamás dejaría que alguien que no fuera arquitecto dirigiera el proyecto de mi edificio, por tanto ¡No a la LSP!

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